Durante años observé una situación repetida en consulta.
Algunos pacientes presentaban resonancias llamativas y apenas tenían molestias.
Otros, en cambio, sufrían dolores intensos a pesar de que las pruebas de imagen no justificaban completamente su situación.
También observé pacientes que continuaban con dolor después de una cirugía técnicamente correcta o tras haber recibido múltiples tratamientos sin mejoría suficiente.
Estas observaciones me llevaron a dedicar gran parte de mi actividad al estudio clínico del dolor persistente y de los mecanismos neurológicos que participan en su mantenimiento.
La consulta comienza con la historia del paciente.
La exploración física continúa siendo una herramienta esencial.
La movilidad, los reflejos, la sensibilidad cutánea y la distribución del dolor aportan información que en muchas ocasiones complementa lo que muestran las pruebas de imagen.
A lo largo de más de veinte años observé que determinados puntos de la piel presentaban una sensibilidad especial en pacientes con dolor persistente.
La exploración sistemática de estos territorios permitió desarrollar una línea de trabajo basada en la relación existente entre la piel, los músculos, los tendones y las raíces nerviosas que los conectan.
De estas observaciones nació el concepto práctico que posteriormente dio lugar a las grapas metaméricas.